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EL HOMBRE AL PIE DE LA VENTANA Y NÁUFRAGO PARAÍSO Por Mayra R. Encarnación

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Algunas notas acerca de la intertextualidad

intertextoEl uso del término Intertextualidad es relativamente reciente; el concepto, sin embargo, es tan antiguo como la escritura misma. Es lugar común decir que fue Julia Kristeva quien lo utilizó por primera vez en los años sesenta para referirse a la tan reciente discutida idea de que todos los textos mantienen algún tipo de relación entre sí. Sin embargo, su interpretación y alcance han sido motivo de variados y extensos debates. Las discusiones podrían agruparse según la perspectiva moderna o posmoderna que asuma el teórico que quiera definirlo. Algunos han llegado a expresar una idea tan amplia sobre la intertextualidad que ven, leen y escuchan ecos y voces de otros en prácticamente todas las manifestaciones humanas. Otros, en busca, quizás, de obtener resultados medibles y palpables, han optado por restringir el concepto con la esperanza de poder señalar posibles resultados específicos.

Roland Barthes causó un gran revuelo con sus escritos. Impugnó la idea de un significado único que iría indisolublemente unido al significante. Al así hacerlo, postuló una nueva forma de aprehender la realidad, o al menos puso en entredicho los fundamentos aceptados hasta el momento. Raman Selden parafrasea a Barthes en su texto:

El mayor pecado que puede cometer un escritor es creer que el lenguaje es un medio natural y transparente, gracias al cual el lector alcanza una sólida y unificada ‘verdad’ o ‘realidad’. El escritor virtuoso reconoce la artificialidad de toda escritura y juega con este hecho. La ideología burguesa, la bestia negra de Barthes, promueve el escandaloso punto de vista según el cual la lectura es natural y el lenguaje transparente, insiste en considerar el significante como el compañero sensato del significado que constriñe de modo autoritario todo discurso a un sentido.

Al cuestionar la unicidad del lenguaje, Barthes ataca las nociones logocentristas de un significado fijo e inmutable. Delega, pues, la interpretación en el lector que se acerca a las páginas, no como consumidor, “sino como productor del texto”. Pero no será nunca una lectura final ya que no es posible llegar a la estructura última del texto, “cuyo origen se pierde”. En el lector reside la capacidad de entrar en el texto desde cualquier perspectiva y no desde una única: “Los lectores son sedes del imperio del lenguaje, pero tienen la libertad de conectar el texto con sistemas de sentido y no hacer caso de la intención del autor”.

Es Mijail Bajtín quien primero postula la idea que luego Julia Kristeva denominaría intertextualidad. En su estudio sobre la obra de Dostoiesvki, Bajtín plantea un acercamiento a la palabra que fuese más allá de los límites que la lingüística tradicional le había impuesto al estudio de la lengua: “en el término palabra sobreentendemos la lengua en su plenitud, completa, viva, y no hablamos de la lengua como objeto de la lingüística”. El crítico ruso entendía que la palabra se inviste de un tono distinto al ser encarnada por los hablantes. Cuando eso ocurre, se producen una serie de relaciones cuyo análisis sobrepasan las fronteras de la lingüística. Les llamó relaciones dialógicas, y para acercarse a las mismas sugirió el concepto translingüística. Este se utiliza para el estudio de la polifonía de la palabra. La polifonía se refiere a las relaciones dialógicas que se entablan entre las palabras, las cuales, como ya se mencionó, deben ser parte de un enunciado. Estos juicios, por sí solos, no son dialógicos, afirma, sino que deben “llegar a ser posiciones de diferentes sujetos, expresadas en palabras”. Lo que plantea es la idea del cruce de voces que se producen a nivel del discurso del hablante y que solo pueden ser estudiadas por la translingüística, ya que la lingüística tradicional no reconoce este tipo de relaciones.

Bajtín dice que la palabra “es dialógica por naturaleza” . Indica que esa polifonía forma parte del discurso diario de todo hablante. El cruce de voces, la intertextualidad, en la cotidiana convivencia de los seres humanos es inevitable, forma parte inequívoca de todas las expresiones y discursos de los hablantes:

Nuestro discurso cotidiano práctico está lleno de palabras ajenas: con algunas fundimos completamente nuestras voces olvidando su procedencia, mediante otras reafirmamos nuestras propias palabras reconociendo su prestigio para nosotros y, finalmente, a otras las llenamos de nuestras propias orientaciones ajenas y hostiles a ellas.

En el texto escrito, la novela en particular, sin embargo, establece diferencias. La palabra aquí, para expresar esas relaciones dialógicas, debe articularse como una oposición de voces distintas, debe percibirse en ella la voz del autor y “una voz extraña” con la que entra en controversia.
Bajtín examina diversos fenómenos de carácter translingüístico: las estilizaciones, la parodia, el relato oral y el diálogo. En todos ellos reconoce una doble orientación de la palabra: “como palabra normal, hacia el objeto del discurso; como otra palabra, hacia el discurso ajeno”.

Julia Kristeva retoma el discurso de Bajtín para plantear la idea de la multiplicidad de voces y reconocerle como uno de los iniciadores de un proceso de impugnación de las ideas burguesas que ubican al emisor del mensaje como centro ideológico: “Bajtín es uno de los primeros en reemplazar el tratamiento estadístico de los textos por un modelo en que la estructura literaria no está, sino que se elabora con relación a otra estructura”. Ambo postulan el desplazamiento del foco hacia el mensaje mismo, el contexto en el que se produce y el receptor como ente que percibe y analiza. Su teoría percibe una palabra cuyo sentido no es estático, sino un encuentro en el que dialogan tanto el escritor como los personajes y el destinatario, así también postula un diálogo entre los contextos culturales anteriores y actuales. En abierta oposición a la visión tradicional de que un texto tiene un sentido único, ella suscribe el discurso de Bajtín que postula un texto en el que se encuentra más de una voz, más de un discurso, y por tanto más de un sentido:

…el eje horizontal (sujeto-destinatario) y el eje vertical (texto-contexto) coinciden para desvelar un hecho capital: la palabra (el texto) es un cruce de palabras (de textos) en que se lee al menos otra palabra (texto)…todo texto es mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto. En lugar de la noción de intersubjetividad se instala la de intertextualidad, y el lenguaje poético se lee, al menos, como doble.

Kristeva también incluye el contexto como aspecto fundamental para la comprensión del texto. La ambivalencia supone la inclusión de la historia y la sociedad en el texto. La multiplicidad de voces que se entrelazan necesitaría de una nueva ciencia que la estudie: la translingüística. Dicha ciencia tendría que ir más allá de la lingüística, cuyo ámbito se limita a la relación significado/significante, por lo que no podría utilizarse en el estudio de las relaciones dialógicas, pues estas últimas suponen: “una infinidad de acoplamientos y de combinaciones”. Sin embargo, reconoce, como lo hace Bajtín, que la novela puede presentar dos principios de formación: el monológico y el dialógico.

En relación con la palabra y su función, suscribe tres categorías: la palabra directa o denotativa, esta es la palabra del autor; y la palabra objetual, o discurso directo de los personajes. Esta primeras dos, de carácter unívoco. Y una tercera opción que permite al autor trabajar la palabra de un modo nuevo y distinto: “De ello resulta que la palabra adquiere dos significaciones, que se vuelve ambivalente. Esa palabra ambivalente es pues el resultado de la junción [sic] de dos sistemas de signos… [que] …relativizan el texto…”

El crítico norteamericano Jonathan Culler también discute sobre el concepto de intertextualidad. Reconoce que los textos no se producen en un vacío sino que su comprensión siempre va a estar atada, a un contexto: “For a discussion to be significant it must stand in a relationship…to a body of discourse, an enterprise, which is already in place and which creates the possibility of the new work”. Culler, por su parte, esboza el problema de la comunicación literaria y la inteligibilidad del proceso de comunicación. La pregunta de dónde radica el sentido, si en el emisor que codifica el texto en sí o en el lector que decodifica, plantea la dificultad de afirmar categóricamente dónde radica la significación última del discurso. Él, no obstante, se inclina a afirmar que el sentido está en el propio texto y que este expresará sus significados a la luz de un marco de referencia más amplio, a partir de unas expectativas generales previas. Será este marco de referencia lo que le dará sentido y significación a lo que se quiere decir. La sujeción del discurso a ese cuerpo primario es lo que define como intertextualidad: “In saying that my discussion is intelligible only in terms of a prior body of discourse– others projects and thoughts which it implicity or explicitly takes up, prolongs, cite, refutes, transform—I have posed the problem of intertextuality and asserted the intertextual nature of any verbal construct”.

Este marco de referencias que él denomina ‘presuposiciones’ no se produciría de manera deliberada, sino que forma parte del acervo cultural y académico del escritor, de su memoria académica, lo que plantea, a su entender, una de las dificultades de la intertextualidad: que es muy difícil conocer todos o acaso alguno de esos ‘presupuestos’ y trazar sus orígenes, y, por tanto, es muy ardua la tarea de describir la intertextualidad. Para Culler, la intertextualidad descarta la ‘originalidad’ de los textos y establece que su significado siempre incluirá a los ‘otros’ textos anteriores. Pero esa participación no será solo por su mera presencia en el mismo, sino porque influirá de algún modo en su tono y significación: “Intertextualty thus become less a name for a work’s relation to particular prior text than a designation of its participation in the discursive space of culture: the relationship between a text and the various languages or signifying practices of a culture and its relation to those text which articulate for it the possibilities of that culture”.

El estudio de la intertextualidad no es, entonces, según expresa, la investigación de las fuentes y las influencias de un texto en el sentido tradicional del mismo. Es una tarea mucho más complicada, pues implica acercarse a una red de significación de la cual no se puede definir ni sus orígenes ni sus límites. Esto podría explicar los intentos de algunos críticos de restringir la aplicabilidad del concepto para hacerlo más tangible y concreto.

Culler utiliza varios ejemplos para reseñar la evolución del concepto. Desde los escritos de Kristeva y Barthes, quienes se refieren a una intertextualidad bajtiana más abierta, más difícil de precisar, hasta el propio Harold Bloom, quien enfatiza en sus ensayos que no es posible escribir, leer, enseñar e incluso pensar, “Without the sense of tradition…without imitation”. Bloom, sin embargo, se distancia de los otros críticos en su percepción acerca de la intertextualidad. Él se aproxima más a una concepción freudiana del complejo de Edipo, pues señala que un poeta imita a un predecesor dominante identificable, del cual solo los que luego serán grandes poetas podrán liberarse de su influencia: “The text is an intertextual construct, comprehensible only in terms of others texts which it prolongs, completes, transforms and sublimates; but when we ask what these others texts are, they turn to be the central poem of a single great precusor”.

Lo que quizás incomoda a Culler es que esa noción de intertextualidad que plantearon Bajtín y Kristeva parece demasiado difícil de definir, por ser vastísimo el campo que cubre y muy dificultosa su delimitación. Restringirlo, como Bloom y otros, llevaría a la anulación del concepto, pues tal pretensión desembocaría en una concepción del mismo dentro del ámbito del que precisamente escapa: “when one narrows it so as to make it more usable one either falls into source study of a traditional and positivistic kind (which is what the concept was designed to transcend) or else ends by naming particular texts as the pre-texts on grounds of interpretive convenience”. Así que, reconociendo que debe limitarlo, a pesar de las consecuencias de tal acción, propone un estudio intertextual a partir del análisis de las presuposiciones lingüísticas:

Theories of intertextuality set before us perspectives of unmasterable series, lost origins, endless horizons; and as I have been suggesting, in order to work with the concept we focus it—but that focusing may always, to some degree, undermine the general concept of intertextuality in whose name we are working…It suggest…the need for multiple strategies, for different focuses and restrictions…

El acercamiento que sugiere al análisis intertextual propone el estudio de las presuposiciones lógicas y pragmáticas.

El crítico literario de origen francés Gérald Genette concuerda con Bajtín y otros teóricos al reconocer que un texto no se forma solo, que es un cruce de múltiples textos. A ese universo de textos que influye en uno o más en específico y las relaciones que se entablan entre los mismos, lo denomina Transtextualidad, o “el conjunto de categorías generales o trascendentes—tipos de discurso, modos de enunciación, géneros literarios, etc. –del que depende cada texto singular”. Esta, a su vez, la subdivide en cinco categorías o tipos: Intertextualidad, Paratextualidad, Metatextualidad, Architextualidad e Hipertextualidad.

Aunque reconoce que Kristeva fue quien atrajo la atención sobre el concepto de intertextualidad, lo asigna a una categoría inferior:

Por mi parte, defino la intertextualidad… como una relación de copresencia entre dos o más textos, es decir, eidéticamente y frecuentemente, como la presencia efectiva de un texto en otro. Su forma más explícita y literal es la práctica tradicional de la cita (con comillas, con o sin referencia precisa); en una forma menos explícita y menos canónica, el plagio… que es una copia no declarada pero literal; en forma todavía menos explícita y menos literal, la alusión, es decir, un enunciado cuya plena comprensión supone la percepción de su relación con otro enunciado al que remite necesariamente tal o cual de sus inflexiones, no perceptible de otro modo.

Genette reduce la intertextualidad a la expresión de la cita, el plagio y la alusión. Esta última sería la que se acerca más a la caracterización que Julia Kristeva da al término, pues alude a una relación menos formal y más hermenéutica entre los discursos; pero en términos generales, Genette se inclina a la definición que limita la interetextualidad a aquellos textos cuya presencia se hace patente ya sea por la cita u otra manera explícita. También se refiere a Riffaterre, quien igualmente afirma que el intertexto depende de la percepción del lector. Sin embargo, como se ha afirmado, restringe el concepto a su aspecto más formal y evade así entrar en vasto campo de la indefinición del término, según se aludió anteriormente al comentar las ideas de Jonathan Culler.

Él se resiste a delegar en el lector la capacidad última de la comprensión del texto. Otorgarle este poder prácticamente borraría los límites del texto y haría imposible su comprensión:

Cuanto menos masiva y declarada es la hipertextualidad de una obra, tanto más su análisis depende de un juicio constitutivo, de una decisión interpretativa del lector…Puedo igualmente perseguir en cualquier obra ecos parciales, localizados y fugitivos de cualquier otra, anterior o posterior. Tal actitud nos llevaría a incluir la totalidad de la literatura universal en el campo de la hipertextualidad, lo que haría imposible su estudio; pero, sobre todo, tal actitud da un crédito, y otorga un papel, para mí poco soportable, a la actividad hermenéutica del lector…

De todas las formas de transtextualidad es la hipertextualidad la que quizás se relacione mejor con la idea de la intertextualidad que expresó Bajtín. Genette la define como “toda relación que une un texto B (que llamaré hipertexto) a un texto anterior A (al que llamaré hipotexto) en el que se injerta de una manera que no es el comentario”. La relación de un texto con otro anterior se desarrolla por medio de una serie de procedimientos a los que llama transformación. Esta puede ser simple o directa, o compleja e indirecta. La transformación directa traspasa una acción de un hipotexto al nuevo texto. La compleja o indirecta consiste en una especie de apropiación de la trama del hipotexto que es reelaborada en una nueva trama, “aunque inspirándose para hacerlo en el tipo (genérico, es decir, a la vez formal y temático) establecido” en el hipotexto, es decir, imitándolo. La imitación, afirma, es un proceso complejo, requiere cierto dominio de las características más esenciales del objeto imitado.

La hipertextualidad es un architexto genérico que incluye lo que denomina géneros menores como la parodia, el travestimiento y el pastiche. Estos tres subgéneros son, a su entender, los más abiertamente hipertextuales, porque se basan en la presencia de un texto en otro, aunque por diferentes causas.

Ricardo Rodríguez Santos

Palimpsesto caribeño: intertextualidad en El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas

 

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CÓMO SE EDITA UN TEXTO: LAS CINCO REGLAS DE BOTSFORD

Origen: CÓMO SE EDITA UN TEXTO: LAS CINCO REGLAS DE BOTSFORD

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una jenniffer desnuda

– Ariadna M. Godreau-Aubert Parece todo sencillo aunque no lo es: una mañana cualquiera, uno de los principales comentaristas de radio se siente creativo. Aquí diría que hay una correlación e…

Origen: una jenniffer desnuda

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Diario de una isla: Ni la llovizna

Diario de una isla: Ni la llovizna.

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El alzhéimer, el País y yo

lalo

Por: Ricardo Rodríguez Santos

Fue una madrugada de principios del año 1974 cuando el alboroto me despertó. Mi madre y mi padre recibían con alborozo al hijo artista que regresaba de Nueva York con un acetato en sus manos. No tenía idea de lo que sucedía, ni, todavía en aquel momento, lo que era un acetato. Solo recuerdo que, aún medio dormido, tomé en mis manos aquel objeto plano y cuadrado con un retrato al frente que mostraba una gigantesca mano roja que bajaba del cielo a tocar un piano, The sun of latin music, decía en letras también grandes. Mi padre abrió el objeto y extrajo el disco negro con un orificio en el medio, lo colocó en el tocadiscos tipo consola de madera que había en la sala y lo puso a dar vueltas y a sonar a todo volumen. Mientras yo embelesado me entretenía viendo el coco que tenía el disco en el centro con letras pequeñas en inglés y en español, los vecinos se levantaban y llegaban a la casa a compartir el jolgorio que se había formado. ¡Mi hermano cantaba en el tocadiscos!

Mi madre aún recuerda el suceso con todos sus detalles. Aunque cada quince o veinte minutos me pregunta si le di las pastillas o le “puse” la insulina. Uno de los síntomas de esta plaga moderna es el olvido inmediato. Lo que llaman la memoria a largo plazo no se afecta tanto como lo que sucede en el momento. Los que viven con algún familiar con alzhéimer saben de qué hablo.

Mi madre no solo recuerda con detalles, sino que narra sucesos de la época constantemente. Este período de tiempo que va desde 1968 hasta el 1980 más o menos, cubre unos años que se marcan particularmente por la caída vertiginosa y estrepitosa del modelo de democracia que significó el ela que Muñoz inauguró en 1952. Yo era un niño, ajeno a los grandes sucesos que ocurrían a mi alrededor.

Los recuerdos que tengo se refieren a las conversaciones entre los adultos. Coloquios de los cuales generalmente me excluían. A veces, sin embargo, mis padres, mis tíos, mis vecinos adultos, asumían la pose de maestros y en lugar de expulsarme de la sala, veían la oportunidad de instruirme con la Verdad. La verdad, según el discurso de todos ellos era que, a pesar de la crisis (crisis causada por entes extranjeros, por cierto) vivíamos, yo vivía y disfrutaba, en un paraíso. La xenofobia (juro que jamás hubiese utilizado esa palabra en esos años) que sudaban por cada poro los llevaba a todos a referirse con desprecio acerca de la República Dominicana. Decían, y repetían, que los dominicanos tenían luz eléctrica dos horas al día, que el agua no era potable nunca, que los jueces y los policías eran los más corruptos, y que cada vez que había una protesta, el gobierno les echaba la guardia nacional.

Decían también, más bien afirmaban categóricamente, que todo se debía a que el país era una república  así con voz bien bajita, porque era una mala palabra y no podía decirse mucho la palabrita. De manera similar se referían a los países latinoamericanos. Allá, según proclamaban los adultos al unísono, no se puede vivir. La gente se moría de hambre y los gobiernos no tenían presos en las cárceles, porque los torturaban y los desaparecían. El contraste era la Gran Nación del Norte y su espejo en el Caribe. Mira niño, recuerdo que me enfatizaban, dale gracias a Dios por los americanos. Ellos son los buenos, los cheches, los que rescatan al pobre y jamás, ¡jamás! torturan ni masacran al enemigo, no importa lo cruel que este haya sido. Aquí tienes cupones, tienes becas y tienes la oportunidad de entrar en el “army” y asegurar tu pensión.

No recuerdo con precisión, pues era un adolescente, pero una vez parece que pasó algo, no supe qué hasta muchos años después. Lo que sí recuerdo fue ver a soldados armados vigilando estaciones eléctricas. En Country Club, había una justo detrás de la piscina en la tercera extensión. Allí vi el primer soldado. Esperé que los adultos se reunieran en la casa de mi padre y pregunté. Las caras se pusieron serias. Con un tono grave, uno de ellos me susurró: Mijo, es que hay gente mala, esas que hacen huelga son los enemigos de la democracia. Estuve ajeno a todos los procesos sociales hasta que entré en la universidad, y desde entonces he estudiado las causas y razones para que la gente no hable de todas las luchas políticas, laborales y sociales que se han dado en este País.

Resulta irónico que mi madre recuerde la época, pero olvide el presente, mientras el pueblo parece funcionar a la inversa. Hoy, luego de cuarenta años conseguí el LP de Palmieri en ebay. Celebro la adquisición a la vez que escucho a mi madre que me pregunta de nuevo si le di las pastillas y le “puse” la insulina, y pienso que mi pueblo sufre un síndrome similar, pero al inverso: recuerda solo lo inmediato y olvida todo lo acontecido el día anterior y la semana pasada y las décadas anteriores. Mientras pienso cómo conseguir un tocadiscos que funcione, espero que mi País despierte. Entretanto, atiendo a mi madre, quien recuerda clarito el día que volvió mi hermano con su disco bajo el brazo.

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De la inundación a la explosión: la literatura puertorriqueña ahora

“Un libro, cualquier libro, es para nosotros un objeto sagrado.” Borges

Cuba y Puerto Rico son.

Ricardo Rodríguez Santos

Apenas naciente la Revolución cubana, en 1959, Virgilio Piñera llama la atención acerca de los cambios que se producen como resultado del triunfo de Castro y los llamados Barbudos. Uno de los que más le sorprende es la cantidad de escritores surgidos casi de la nada, tal como él mismo afirmaría luego en un escrito titulado La inundación: En estos días del triunfo revolucionario – mitad paradisíacos, mitad infernales – no podían faltar en la gran inundación los escritores. Me sorprendió grandemente que en vez de una gota de agua aportaran Nilos y Amazonas… No podía dar crédito a mis ojos. ¡Cómo! ¿Dónde yo contaba diez o doce habría que contar doscientos, acaso quinientos o quién sabe si mil? La inundación ilustrada (o la ilustración inundada, léase como se quiera) anegó en su mar de tinta las planas de los periódicos: en estos días se ha hecho más “literatura” en Cuba que en una década ¡qué digo! que en cincuenta años de República.

Según varios estudiosos del tema, el triunfo de la Revolución impacta de inmediato la producción literaria en Cuba, si se toma en cuenta el auge editorial de la narrativa. Armando Pereira señala, por ejemplo, que en la primera década de la Revolución se publicaron casi sesenta novelas, más que en todas las décadas pasadas del siglo juntas. Este auge se debió mayormente a que el nuevo orden revolucionario permite el acceso a la imprenta de manera más abierta, con menor dificultad para publicar, pero con la condición limitante de escribir desde “dentro” de la Revolución.

En estos días en los que algunos celebran y otros sufren los 55 años de la Revolución, y que se desploma la cortina que separaba a Cuba de los Estados Unidos, parece casi una jugada del destino el hecho de que la es la literatura puertorriqueña la que atestigua un crecimiento editorial, de seguro sin precedentes, aunque no se ha realizado un inventario formal de todos los poetas, ensayistas dramaturgos y narradores que han publicado, y continúan haciéndolo.

Piñera hace sus comentarios desde lo que parece ser una óptica elitista, clasista, excluyente, aunque las circunstancias, claro, eran muy distintas a las nuestras. En nuestro País, también confluyen diversas y variadas visiones acerca de lo que es y lo que no es literatura. Aquí se enfoca la producción literaria desde una óptica similar a la que esgrimió el gran narrador cubano. Se comenta, a veces despectivamente, acerca de los grupos de escritores que, luchando contra todos los obstáculos económicos, políticos y hasta culturales, escriben y publican, la mayor parte de ellos por cuenta propia, ya que el gobierno brilla por su ausencia en el auspicio de los escritores nacionales.

Frente a los grupos de la élite se aúpa una cepa de poetas y narradores quienes, ante la ausencia de apoyo, han recurrido a las redes sociales para darse a conocer. La gran cantidad de nuevos escritores, más que una inundación, es una gran explosión. Cada semana se presenta un nuevo título, lo que resulta en la imposibilidad de seguir la lectura debido al volumen de publicaciones. En estas, el nivel de excelencia varía según los gustos de cada lector. Para mí, la calidad de los escritos sobrepasa cualquier expectativa. Lo más importante, no obstante, es que, a pesar de las circunstancias económicas y políticas que padecemos desde hace cinco siglos, la literatura puertorriqueña está más viva que nunca. Y si la literatura vive, la Nación respira. De los rastros que deje este estallido, solo el tiempo dará fe.

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Los que escapan del paraíso

Manuel Díaz Martínez

En 1980, un ómnibus entró a la fuerza en la Embajada del Perú en La Habana. En 1994, miles se cubanos se lanzaron al mar. El éxodo continúa

Camilo Ernesto Olivera Peidro, La Habana.
Embajada PerúLos miles de cubanos hacinados en la embajada no pedían agua ni comida, sino que les dieran la salida de Cuba. (Foto archivo)
(CUBANET, 4/4/2015)  En el terreno, ubicado en Quinta Avenida entre las calles 72 y 74, no quedo ni rastro de la otrora Embajada del Perú. Este sitio se convirtió, en abril de 1980, en el refugio de más de 10 000 cubanos que decidieron escapar de un fracaso con nombre de paraíso. El castrismo ubico allí, durante los 80s, un museo en recordación, entre otras cosas, de las enardecidas turbas que protagonizaron los mítines de repudio contra los que se iban.
Ómnibus irrumpe en laembajada
En la tarde del 1ro de…

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Ricardo Rodríguez Santos: de ida y vuelta con Reinaldo Arenas

palimpsesto

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Ricardo Rodríguez Santos: de ida y vuelta con Reinaldo Arenas
SÁBADO 15 DE MARZO DE 2014 01:28 MARIOANTONIO ROSA CLICS: 662 SECCIÓN: PÁGINA 0 – CRÍTICA LITERARIA

El Post Antillano

“Con esa tristeza del desterrado que es desterrado de su destierro”.

-Reinaldo Arenas

Marioantonio Rosa

Creo que lo vi desterrado, terminándose el exilio, con esos intentos que las palabras no dejan descubrir, y sin embargo existen, y matan. Creo que lo vi en aquél Nueva York de 1990, donde se acorralan muchas voces, se ahogan otras, se canibalizan los buenos sueños y el alma es considerada innecesaria. Se fue hacia la muerte, Reinaldo, con su verbo inconcluso. Su apellido, Arenas, quedaba en la comisura de las playas de una Cuba prohibida para su esencia, y a donde nunca regresó. Contemporáneo y amigo de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, fue encarcelado y torturado, llegando a admitir lo inconfesable y a renegar de sí mismo. Le robaron su espejo, lo trizaron y ni siquiera hubo esperanza de cenizas. Como Boris Pasternak, en su gólgota personal, adolorido ante el paredón de Vladímir Semichastny, quien, en campaña de descrédito se atrevió a decir, muy serenamente que, “Si comparamos a Pasternak con un cerdo, un cerdo no haría lo que él ha hecho, porque un cerdo jamás defeca allá donde come” frase ruin que destrozó al genial poeta autor de “Dr. Zchivago” casi lanzándolo al suicidio. Con Reinaldo Arenas se dio la misma fórmula, las palabras malditas, los azogues amargos, el castigo contra el espíritu, la herida irredenta. Peor aún, Reinaldo Arenas no resistió el aquelarre marxista, y luego de una carta emotiva a la intelectualidad cubana en el exilio, donde se despedía, decide suicidarse. Ya la vida lo había estrangulado, y esa soledad de un escritor cumbre de la Literatura Caribeña e Hispanoamericana, no era esa soledad donde San Juan de la Cruz, echaba su contemplación al Amado, sino que era la soledad de los sepulcros, de los andares de insomnio y calaveras, de esa navaja que se siente traspasando el atrio del alma y los vivido, de manera fugaz, e inquisidora. La historia de la literatura universal está marcada por el amor, desamor, la política, los salones de la envidia, los crímenes de odio-aún clama Federico, en su barrica de Víznar-y el otro odio, ése, el fiel a la sonrisa y el silencio, y que de espaldas, calcina y vuelve a dar el frente, con un ramo de esmeraldas.

Olvidado Reinaldo Arenas. Olvidado poeta, narrador y novelista. Olvidado, no, ha regresado, son ya muchos estudios que celebran su obra y la proyecta al fin, con altura y armonía. El autor de “Antes de que anochezca” “Celestino al alba” “Otra vez el mar” “El mundo alucinante” y “Arturo, la estrella más brillante” entre otras obras, estrenó su partida bajo clima de mortales, y regresa a la memoria que no ha podido olvidarlo.

Casa de Los Poetas publica bajo la rúbrica de Ricardo Rodríguez Santos un nuevo libro en perspectiva, “Palimpsesto Caribeño: Intertextualidad en El mundo alucinante de Reinaldo Arenas” libro que recrea la tesitura de ese enfrentamiento de Arenas contra la revolución liderada por Fidel Castro, Ernesto Guevara, Raúl Castro, y la marca del detonante que llevó al exilio a Reinaldo Arenas. Triada que baja victoriosa desde Sierra Maestra en el 1959 y sesga la hegemonía de Fulgencio Batista en una Cuba privatizada por los buenos intereses hoteleros norteamericanos, y dolor de un pueblo sin tierra, ni futuro. Hablamos con Ricardo Rodríguez Santos, su autor, y la confección de este libro audaz, ágil y necesario. “Estudié mi maestría y doctorado en literatura estimulado por don Ricardo Alegría en el Centro de Estudios Avanzados. En aquel momento me motivaba el deseo de conocer sobre mi País, salvar la distancia impuesta por un sistema de enseñanza pública que no enseña la historia ni los valores patrios. Pero, si ajeno me encontraba de la historia y la literatura de la Isla, más lo estaba (y ciertamente estoy todavía) de la historia y literatura cubanas y dominicanas. Mas, el caso cubano es particular, pues desde pequeño escuchaba toda clase de historias acerca de la Antilla mayor y el mito de Fidel. De modo que cuando entré a estudiar en el Centro siempre supe que escribiría sobre Cuba. Las lecturas iniciales solo lograron aumentar mi curiosidad. Según uno se adentra en la historia cubana más se percata del gran parecido con la nuestra. Los procesos históricos y políticos son muy afines. Solo que el gran muro que nos separa ha obstaculizado que podamos conocernos mejor. Así que la experiencia de estudio ha resultado en una rica, complicada y compleja, pero gratificante.

He dedicado los pasados treinta años a estudiar la historia y literatura caribeñas. Este es mi primer libro. Es mi primera publicación, aunque tengo en agenda varios escritos sobre literatura puertorriqueña, a la que he regresado por el boom de publicaciones que ha surgido en la última década.”

Sobre los motivos de su libro nos abunda y la vigencia de Reinaldo Arenas; “Planteo en mi libro la marginalidad de la narrativa cubana con respecto a Puerto Rico. Uno de los problemas, de los muchos que enfrenta un investigador de la realidad cubana, lo discuto en el primer capítulo del libro, y es la existencia de un enorme muro que separa (aparte de la distancia física) a los pueblos caribeños. Esta separación se produce por razones políticas, claro. El bloqueo estadounidense ha acrecentado el abismo que nos separa. Conseguir lecturas sobre la época que abarca el estudio fue y es una tarea muy difícil. Si se le pregunta a un joven universitario promedio acerca de algún narrador cubano, probablemente mencione a Alejo Carpentier. Y es que El reino de este mundo es de los pocos textos que se leen en las universidades del País. A Reinaldo Arenas se le ha marginado desde el comienzo de su producción literaria. Su obra se estudia y analiza en círculos intelectuales, pero no se le menciona como a otros. (Pienso en José Lezama Lima y Virgilio Piñera, por ejemplo). Aun así, entiendo que falta por hacer para salvar esa distancia que nos mantiene ajenos a los países que conformamos la zona caribeña. Rescatar la literatura es parte de esa tarea. Ese es uno de los propósitos primordiales de mi libro”.

El germen del concepto de intertextualidad lo hallamos en la teoría literaria de Mijaíl Bajtín, formulada en los años treinta del siglo XX, la cual concibe la novela, en particular las de François Rabelais, Jonathan Swift y Fiódor Dostoyevski, como polifonías textuales donde establece relaciones dialógicas esenciales con ideas ajenas. En el caso de la novela, que es el que le ocupa, el escritor sabe que el mundo está saturado de palabras ajenas, en medio de las cuales él se orienta. Desde ese paralelo, abarcamos a Ricardo Rodríguez Santos sobre la intertextualidad y la escritura contemporánea; “Cuando me planteé el estudio de El mundo alucinante pensé en hacer algo distinto, una aproximación diferente. Para mí fue una experiencia singular. Fui educado en el sistema tradicional. Solo al llegar a la escuela graduada es que comienzo a conocer de todas estas teorías y perspectivas. Conocí, entonces, a Barthes, a Bajtín, a Genette y muchos otros. Luego, gracias a la profesora Rita Molinero, conozco la obra de Reinaldo. Decidí entrar a Cuba por su obra, y junté ambas cosas. El resultado está en mi libro. Sé que la lectura puede ser doblemente complicada, pues no solo requiere conocer la obra de Arenas, se necesita la disposición de leer con otros ojos críticos, los ojos de la posmodernidad quizás. Con respecto a la pregunta diré que, si se leen las teorías acerca de la intertextualidad, si se lee a Bajtín y a Kristesva, si se discute a Barthes y a Linda Hutcheon, la respuesta sería que sí, todos los autores pasados y contemporáneos son (somos) intertextuales, desde la perspectiva más amplia de la definición del término. Pero ese es un tema vasto. Requiere una conversación más extensa”.

Regresamos al “El mundo alucinante” de Reinaldo Arenas y la visión de Rodríguez Santos sobre nuestra Literatura Nacional y ese “laberinto” creado que nos distancia de la Cuba Literaria nos expresa;. “Antes que anochezca, la autobiografía novelada de Reinaldo es un ejemplo excelente de autointertextualidad en la ficción y en la vida ¿real? Si se lee primero El mundo alucinante uno se sorprende de cómo se parecen las vidas de Servando, el protagonista de la novela, y Reinaldo, el de la autobiografía. Ambos fueron seres marginados y perseguidos por el sistema; ambos sufren cárcel y logran fugas inverosímiles. La novela de Arenas fue escrita entre 1964 y 1965, pero su mensaje de libertad está hoy más vigente que nunca. La autobiografía, escrita por un Arenas mucho más maduro como escritor, permite al lector conocer algo de la vida y miserias del autor, pero, para saber más, es necesario buscar, leer, investigar ese mundo vedado que conforma nuestra caribeñidad. Y eso me lleva a la quinta pregunta. Nuestra literatura ha visto un renacer editorial en esta década. La poesía y la narrativa se publican por editoriales pequeñas y por autogestión de los escritores. Muchos de ellos son egresados de la Maestría en Creación Literaria del Sagrado. El resultado, aunque desigual en algunos casos, no puede menos que hacernos sentir optimistas en cuanto a la supervivencia de Nuestras Letras. Aun así, la barrera entre nosotros y la comunidad caribeña continúa. Si bien es cierto que los estudios sobre la literatura cubana, y la dominicana por supuesto, se han multiplicado (gracias a la gestión de los centros de estudios como el Centro de Estudios Avanzados y la Universidad de Puerto Rico se conocen y estudian a escritores como Abilio Estévez, José Antonio Ponte y Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura, Zoé Valdés, Daína Chaviano, por mencionar solo a los cubanos), todavía quedan muchas barreras por superar, muchos muros que derrumbar para lograr el sueños de los Patriarcas (pienso en Betances): una sola Patria, una sola Nación caribeña y solidaria”.

Deseo convocar al poeta Reinaldo Arenas, en su amargura y luminosidad, en su estirpe guerrera y en su flaqueza ante las sombras. Lo convoco con un soneto escrito por él, y que nos ubica en su esencia extraordinaria, imparable a pesar del asecho de las rejas.

“Tú y yo estamos condenados

por la ira de un señor que no da el rostro

a danzar sobre un paraje calcinado

o a escondernos en el culo de algún monstruo.

Tú y yo siempre prisioneros

de aquella maldición desconocida.

Sin vivir, luchando por la vida.

Sin cabeza, poniéndonos sombrero.

Vagabundos sin tiempo y sin espacio,

una noche incesante nos envuelve,

nos enreda los pies, nos entorpece.

Caminamos soñando un gran palacio

y el sol su imagen rota nos devuelve

transformada en prisión que nos guarece.

(La Habana, 1971)

La presentación de este libro tendrá lugar el próximo jueves 20 de marzo a las 5:30 PM en la Sala Olga Nolla de la Universidad Metropolitana en Cupey.

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Latitud 18.5 Dr. Ricardo Rodríguez Santos: http://youtu.be/Qm3njuLvPNw

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